A medida que salía de la región del Maule, azotada esta semana por los insaciables incendios forestales de Chile, me fui involucrando en la historia que vine a contar.

Cada vez que pasaba por un bosque donde veía camiones de bomberos estacionados, sonaba la bocina del auto y gritaba, puño en alto, "¡arriba Chile, weón!".

Y perdonen el chileno.

Es que esa fuerza, ese aguante, esa resiliencia con que los chilenos enfrentan catástrofes como esta es contagiosa, inspiradora.

No conocí un bombero frustrado, un ciudadano de mal genio o un damnificado sin esperanza.

El entusiasmo y la solidaridad, por el contrario, fue lo que percibí en los risueños rostros de la gente en las zonas que visité: O'Higgins, el Maule y Bío Bío, las más afectadas del país. 

Los números de un acontecer infausto

En la tarde del jueves, las autoridades registraban 123 incendios activos y 62 de ellos en combate.

De los cerca de 4.000 damnificados, 140 familias habían perdido su casa hace 7 años, en uno de los peores terremotos en una larga historia de catástrofes naturales que lidera récords mundiales.

Desde la independencia en 1810, Chile ha sufrido 97 terremotos de una magnitud superior a 7, según un informe del Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo (CNID), un organismo público-privado que asesora al gobierno.

En los últimos 200 años, reporta el CNID, Chile sufrió 19 inundaciones, 10 incendios mayores, 9 erupciones volcánicas, 4 remociones de tierra y 2 sequías.

Durante la Colonia, revelan cientos de crónicas de indias sobre "áreas de destrucción y sacudimiento", la historia no fue muy diferente.

Ahora habrá que incluir en la lista los incendios que llevan casi 600.000 hectáreas quemadas y cerca de 2.000 casas en ruinas.

Así como la sequía de 8 años, uno de los alentadores del fuego que no da tregua. 


Los efectos culturales


El mito de Sísifo –el griego condenado a tener que cargar hasta la cima de una montaña una piedra que antes de llegar caía, teniendo que repetir la hazaña enésimas veces– ha sido relacionado con Chile por grandes pensadores.

"Tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces, lo que con su esfuerzo, cien veces elevó", dijo el filósofo español José Ortega y Gasset en una conferencia en el parlamento chileno en 1928.

Es el caso de Alberto Valenzuela, un jubilado de 75 años con el que hablé en el totalmente arrasado pueblo de Santa Olga, quien dos días después del desastre ya tenía plan y materiales para reconstruir su casa en este mismo terreno vulnerable.

"Esta es mi casa. Ya no está, se quemó, pero es mi casa", me dijo.

Algunos expertos niegan que los chilenos sean particularmente resilientes, pues argumentan que si otro pueblo sufriera tantos desastres también tendría que responder con ánimo, valentía, soluciones.

Otros científicos sociales, sin embargo, coinciden con Ortega y Gasset.

"El hombre americano y chileno se ha definido como esencialmente telúrico", escribió el premiado historiador chileno Rolando Mellafe en su obra "El acontecer infausto en el carácter chileno", de 1981.

"Pero lo telúrico –continúa– no es un simple amor a la tierra, ni una simple afinidad con lo natural. El acontecer infausto tiraniza este dialogo, obliga a toda una sociedad a enfrentarse, a través de su yo con los estratos más profundos de su existencia espiritual, con el alba de su psiquis".

Esa consecuencia psicológica es lo que yo creo haber percibido en la cariñosa gente del centro-sur del país, me dijo el historiador de la Universidad de Chile Gonzalo Peralta.

Pero si bien las catástrofes tienen ese efecto positivo de optimismo, me explicó, "también tienen un desenlace negativo".

"Una personalidad cortoplacista, una incapacidad de planificar, de proyectar a futuro, de ser muy aficionado a los golpes de fortuna, a los juegos de azar", dijo.

No en vano una de las primeras cosas que se imprimieron en Chile fueron los naipes, acotó.

Ni que a mí me impresionara tanto que, en medio de la emergencia que vive la zona, en la plaza de Constitución el domingo en la noche hubiese cientos de personas jugando futbolín, ajedrez, dardos y otros juegos de feria.

Eso también explica, me dijo Peralta, que Constitución reciba esta nueva emergencia cuando las renovaciones que se plantearon tras el maremoto de 2010 no se hayan terminado o, en algunos casos, empezado.



bbc



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