Todo comenzó hace cinco años, en junio de 2014. Lo que sería tan solo un viaje, unas vacaciones, se convirtió pronto en la mayor pesadilla de la familia González Pape. Su hija Amanda, chilena-sueca, les comentó entonces que iría por un par de semanas a Turquía junto a su marido, el noruego Michael Skråmo, y a sus cuatro hijos. Pero ese par de semanas se transformó en un mes, dos meses, tres meses, nunca regresaron. Las dudas martillaban la cabeza de Patricio González, su padre.
Fue entonces cuando Skråmo reveló lo que todos temían: con Amanda tomaron la decisión de unirse al Estado Islámico, a ISIS, su brazo armado, durante el conflicto en Siria.
Durante ese período, además, la pareja tuvo otros tres hijos. Hoy, todos ellos, están abandonados. Amanda y Michael murieron en un ataque, a comienzos de este año, y dejaron a los niños huérfanos.
El escenario, a esta altura, es crítico. Los siete menores, de entre uno y ocho años, se encuentran en un campamento en Al-Hol, al norte de Siria, peleando por su vida: todos sufren de desnutrición y afecciones pulmonares que no han podido ser tratadas correctamente.
Patricio González, entonces, comenzó su lucha. Viajó desde Gotemburgo, donde reside actualmente y, tras lograr encontrar a sus nietos, ha intentado por todos los medios posibles poder sacarlos de allí. En Suecia, sin embargo, negaron su ayuda, consideran que los niños son hijos de terroristas.
Ahora, desesperado, González busca en Chile la oportunidad que en Europa se le negó, entiende que cada hora que pasa la condición de sus nietos se hace más y más complicada. A través de un amigo de la familia, Juan Carlos Godoy, envió una carta al ministro de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero, y espera tener respuestas en las próximas horas.
González pide sólo el respaldo necesario para conseguir la autorización en Siria. Su familia, los González-Gálvez, dice, no tienen inconvenientes para hacerse cargo de los pequeños.

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