Cada 24 de diciembre en la noche, Marco Antonio Catalán se pone su traje rojo y visita a los niños del hospital Calvo Mackenna

 
Cada 24 de diciembre en la noche, Marco Antonio Catalán se pone su traje rojo y visita a los niños del hospital Calvo Mackenna. Una tradición que cumple sagradamente junto a su familia hace más de 20 años de manera anónima, pero que ahora es mostrada en una campaña viral realizada por Banco Santander como reconocimiento a la noble labor de este hombre.


 
Elogio a Marco Antonio por Héctor Noguera.
Escrito por Cristián Warnken.

He interpretado a muchos personajes en mi vida: Hamlet, Segismundo, Van Gogh… Me apasiona convertirme en otro. Muchas veces me pidieron que hiciera de Viejo Pascuero en la Navidad. Pero me resistí, me fascina la mentira del teatro, pero la figura del Viejo Pascuero no me interesaba, me parecía un poco boba y consumista.

Hasta que conocí la historia de vida de Marco Antonio Catalán, un modesto empleado del Metro. Su historia es real, pero parece un cuento de Navidad escrito por Dickens u Oscar Wilde.
¡El Viejo Pascuero existe: y vive en la calle La Rambla 1 Norte en Puente Alto!

La vida de Marcos está hecha de muchas pérdidas y carencias. Fue criado por sus abuelos y no conoció a su padre. Pero un día sus abuelos tuvieron que irse a vivir al extranjero y Marco Antonio Catalán volvió a conocer la pérdida de lo que más amaba.
Después de muchos años de búsqueda, logró ubicar a su padre desconocido, pero éste murió de cáncer a los nueves meses de haberse reencontrado.

¿Cómo este hombre no se derrumbó con cada una de estas pruebas que le puso la vida?

Marco Antonio conoció el amor de su vida, su mujer, que le devolvió la esperanza de poder tener por fin una familia. Y comenzó a crecer en él la ilusión de tener un hijo. Pero la vida le colocaría otra prueba dolorosa más: Gloria tuvo sucesivos embarazos tubarios que casi la llevaron a la muerte.

Marco Antonio me contó que la noche en que supo que no podría ser padre, llorando miró hacia las estrellas y prometió transformarse en el padre de otros niños, niños que hubieran sufrido más que él.

Se mandó a hacer un traje de Viejo Pascuero, consiguió una campanita de heladero, se puso sus guantes blancos de primera comunión y salió en su camioneta a repartir regalos a poblaciones donde los niños escuchan el sonido de los balazos en la noche y no los de los fuegos artificiales.

Y sin ayuda de nadie juntó los regalos en su trineo imaginario.
Y así, este Viejo Pascuero con cuerpo de campeón de lucha libre y cara de niño llegó a la sección de niños enfermos de cáncer en el Hospital Calvo Mackenna. No puedo olvidar una de las historias que Marco me contó conmovido. Una noche de un 24 de diciembre entraron en la UTI donde estaba una niñita de un año en coma, agonizando.

El sonido de la campana hizo que ella abriera los ojos. El Viejo Pascuero de la calle La Rambla del Salto tomó su cabecita entre las manos y le pidió a Dios la salvara de la muerte. Pero ese regalo que pidió con desesperación no llegó. No siempre el cielo le responde a Marco Antonio, que no deja nunca de pedir regalos.

Pero Marco recibiría más tarde una noticia inesperada: su mujer quedó finalmente embarazada y nació Cristóbal, un milagro que en vez de replegar a Marco Antonio a celebrar la Navidad en casa con los suyos le dio más fuerza para seguir regalando su propia Navidad a otros más pobres que él. Cristóbal creció creyendo que era el ayudante del verdadero Viejo Pascuero. Y acompaña a su padre todavía en el trineo imaginario.

Cierro los ojos y me imagino en cámara lenta esta imagen: este Viejo Pascuero y su fiel ayudante –padre e hijo- atravesando la noche de barrios marginales de Santiago de Chile repartiendo esperanza bajo un cielo más iluminado e inmenso que nunca...

Los veo flotar, volar, llegar hasta las estrellas. Es como el cuento El Príncipe Feliz de Wilde pero en un barrio popular de Santiago. Esta imagen me ha perseguido tanto en estos días , que provocó en mi un impulso irresistible: acompañar a Marco en su viaje de luz en la noche del dolor humano, repartiendo esperanza.

Y aquí estoy, interpretando tal vez el papel más importante de mi vida, con un público más exigente y agradecido que el del teatro: los niños. Y por eso puedo decir: el Viejo Pascuero existe y yo trabajo con él.

video e historia labor de banco Santander
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